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Sobre Fosa Común

Fosa Comun Portada - Portada, contraportada y solapas

Por Jesús Montoya

La voz, tal y como la conocemos, siempre ha sido un síntoma propiciado por el otro. La incursión hacia el lenguaje iniciada por cada hombre, supone una senda cuyo recorrido puede transfigurar el sentido de las cosas. Estamos hechos de palabras, y ellas, como la muerte, permanecen.

            En Fosa Común, de Miguel Marcotrigiano, la muerte no reside propiamente en un anunciamiento de sí misma, es la vida quien habla, quien se manifiesta como una voz múltiple en el poeta, convencida y madura en el poema; pues, ¿acaso es posible hablar de la muerte sin estar sujetos a la vida?, todo el cúmulo de vivencias dibujan, trazan, bosquejan la inmanente arquitectura lírica de un Yo que se condensa en otros.

             En verdad, la construcción de esta obra reside en un canto etéreo y diverso que pasea su melodía por la biblioteca universal de la experiencia de la poética de cada autor que da voz a los textos. El poeta está cara a cara con la muerte, y dice estar muerto, pero es en la muerte. Su Ser es rítmico y en los textos se concreta sobre una cadena de emociones, baila en el ritmo de la tradición literaria; se trata, al fin y al cabo, de la poesía que envolvió los anaqueles del sujeto.

            La muerte resplandece en el lenguaje, no se difumina ni se empaña, la muerte es tan solo una palabra. La poesía, sus nombres y símbolos universales exploran la muerte no como algo desconocido, ignorado, sino más bien como algo familiar y cercano del poeta; el cual, asimismo, alude a una especie de salvación por medio del eco: seco y duro es mi nombre, del lenguaje.

             La poesía como iluminación y aprendizaje, como experiencia y lectura, son ecos del ser del hablante lírico. El espacio en su voz recorre una imagen atrapada, ¿hacia dónde partir cuando ya los caminos se han perdido?, ¿hacia dónde?, si la angustia ha terminado, si el sol se ha secado sobre las hojas escritas en un tiempo que yace extintito. Por tanto, la  experiencia de vida en Fosa común se rige como un largo epitafio, cuyo cincel es tomado por quienes desaparecen al otro lado del río: cavamos nuestra propia tumba en cada poema, dejamos caer el universo y sus caminos en ella, dando un duro golpe de ternura con las palabras y su herencia; la eternidad, y el olvido

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Laurencio Zambrano Labrador

Laurencio Zambrano Labrador
(La Grita, Venezuela. 1949)

LAURENCIO ZAMBRANO LABRADOR

Poeta, ensayista, cineasta, cantante de tangos, cantautor y promotor cultural. Estudió Teatro y Antropología en la Universidad de Chile. Desde hace 28 años vive en la Guajira Venezolana. Tiene 52 años de militancia revolucionaria y ha participado en distintos procesos revolucionarios del continente. Numerosos poemas, ensayos y artículos suyos han sido publicados en antologías, revistas y periódicos nacionales e internacionales. Es árbitro y colaborador de algunas revistas de filosofía y política. Fue ganador del Premio Municipal, Estadal y Nacional de Poesía “Certamen Gran Explosión Creadora Bicentenaria” 2013. Ha realizado más de 500 eventos poéticos musicales como cantautor y músico profesional.

Obra poética: Gerundios del Olvido (2009); Esquejes de Canto y Piedra (2014).


Selección de poemas
*
EL OTRO
Retiré los pronombres del asunto
para ocultarme del otro
que me habita…
¿Y que pasó?
Nada,
Resulté siendo Nadie.
Un pronombre dejado al azar
en el efímero espejo
del río que somos todos.
Un pronombre que prosigue
a  la deriva
sin mi rostro.
alguien que usurpa lo inasible.
Alguien, que me roba el albedrio
y deviene  sinónimo de mí
disfrazado de mí
—¿a lo mejor de ti? —
o viceversa.
Alguien que, sin mi anuencia,
se erige vicario de mi alma;
como si fuese un diácono perpetuo
que descifra y oficia
el dialecto de la siamesa sombra
que voy siendo:
sangrino  viento y compasiva piedra,
para quienes
yo no soy  una abstracción
sino el mismo corazón del habla,
el hígado de la escritura
la sonora sangre del silencio.
*
A crédito

A Jossy  Blanchard Jordán

¡Ay Sísifo!,
apiádate de mí.
Con casi todos mis amigos
comparto tu condena.
Subimos las colinas del amor,
no con una pesada piedra al hombro,
sino con cajas y cajas
y fardos y fardos
de electrodomésticos
comprados a crédito.
Buscando el amor
he sido un nómada incurable.
He subido la colina 7 veces.
He aquí mi poligámico prontuario:
Me han fiado
y he pagado honorablemente
7 neveras
7 lavadoras
7 camas matrimoniales
7 cocinas
28 licuadoras
7 juegos de recibo
4 juegos de ollas Renaware
15 televisores
5 asistentes de cocina Electrolux
4 pulidoras
y 3 casas
Se me ha ido la vida
pagando y pagando sensualmente
un arsenal de domésticos enseres.
¡Qué vaina, Sísifo!
¡Qué maravilla de albedrío!.
¡Ay Sísifo!,
tengo en la mira
(y por mampuesto)
a una colombianita suculenta
¡Ay Sísifo!,
toda níspero y melaza
toda almizcle
¡Ay Sísifo!,
que me tiene alborotada la existencia.
Cuando anochezca
voy a pedirle a Dios
que me fíe ese lote de cielo
que queda entre  Andrómeda y Orión.
¡Ay, colombianita deliciosa!
voy a amoblar con astros tus entrañas
y a convertir en cielo tu morada.
¡Claro que sí!
Todavía tengo quien me fíe.
Dios,
mis amigos árabes y turcos
me seguirán financiando el regocijo
de equipar el amor y mis pasiones.
He vivido y viviré y pagando
en alegres y cómodas cuotas mensuales
mi irrenunciable y prodigiosa poligamia.

*
Remodelación

                   Para Ana Carolina Saavedra
Me narcisa esa mujer.
Su cuerpo
decora hondo.
Me tiene comprando
ropa nueva,
cuidando mis dientes,
mi bigote,
tomando vitaminas,
frunciendo la barriga.
Me tiene engreído
esa mujer.
¡sí! ¿y qué?
Emulo  pájaros,
me comparo con árboles
y bramadores ríos.
Buenmozaso me tiene.
¡sí! ¿y qué?
Amo a esa mujer
que me ornamenta,
me artilugia con furia
el alma y los instintos.
*
Verdecito
A Ramón Palomares.
Prestáme una palabrita…
de esas que vos guardás
en el corazón del gavilán.
Prestáme
un diminutivo
— de puntería infalible—
cuando de risa se trata
cuando de lloro se trata.
(¡Huyy! Profesor)
Una palabrita amaestrada
en el arte de ensalmar
la muerte y el hastío.
Con el primer pajarito que veás
mandáme  una palabrita
castellana y paramera
y viceversa;
un barbechito confitado
—yerbitas que vos vestís—
con ese rocío
— bufandas y aguardientes—
que vos le ponés a las cosas
—y a las almas—
para que todo viva
verdecito
como cantando,
como naciendo.
II
¡Ay! viejo lobo
Vivo entre resolanas y arenales
sin filo,
con la vida amellada
como un cóndor
jadeante
de luto por sí mismo.
Te escribo este poema
con fe
—con toda la fe—
porque con la puntería que vos tenés
una palabrita tuya
bastará para salvarme.
Amén.