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“Soy como un mar de noche”: Jósbel Caraballo Lobo una voz prometedora de la poesía venezolana

Cuando le preguntamos, ¿Cómo te describirías literariamente hablando? “como un mar de noche”, fue la respuesta del joven poeta venezolano oriundo de La Guaira, la única ciudad de Venezuela que ha sentido la furia del mar. Su tiempo lo comparte entre su profesión como ingeniero en sistemas, su pasión como actor teatral y la corrección de sus varios poemarios inéditos. Tras acudir la primera Recepción de Manuscritos de Ediciones del Movimiento en 2014, su obra “El olor de otras palabras” fue seleccionada para editarse en la Colección Volante, donde se agrupan las nuevas y talentosas voces de la poesía venezolana de la segunda década del siglo XXI.

autor

Su poesía, provista de un tanto de mística y otro tanto de urbanidad, es el ejemplo perfecto del auge la novísima poesía venezolana. Es un joven que afirma ante la pregunta: ¿Qué es lo más difícil de ser un escritor? “Las dudas. En el arte y en la literatura sólo hay viento en contra”. La nueva generación de escritores venezolanos, signados por inseguridad, la discriminación política,  el alto costo de la vida, se enfrentan a la realidad poética con los mismos recursos que han adquirido de la habitualidad, la fe en la supervivencia. Así en el último poema de su libro “El olor de otras palabras” que se presentará el próximo 23 de abril, Día Mundial de Libro y el Idioma, en la Librería Lugar Común, frente a la Plaza Francia en municipio Chacao; con palabras de presentación del gran poeta venezolano Alfredo Chacón.

Portadilla - El olor de otras palabras

“EN EL DESEO de relatar noches inversas
desnudo el canto de lo proscrito en la memoria del fantasma: una suerte de lámparas que enlutan el ensueño

Borracho de las páginas de tu niñez (que tanto bebí sin encontrarte)
piso tus sábanas hasta mis cuencos
narro el juguete que en tus ojos fue escritura, torturando árboles en medio del aguacero

Cuando la pluma vuelve su prisa hacia la muerte del uniforme que más odié
el hastío disfraza una extinción / borra las luces del semáforo
y entonces lo sabes: éramos años fumando un viejo amor, un resplandor sin horas.”

Siendo original de La Guaria, estado Vargas, pertenece a la primera generación de escritores venezolanos que crecieron a la sombra de la desgracia natural más grande de nuestra historia nacional, como protagonista y sobreviviente de una catástrofe natural que para muchos guarda un significado premonitorio de la debacle y social que sufre hoy el país entero: Del deslave de 1999 recuerdo un éxodo de cuatro días, mi hermano mayor ayudando a mamá a trasladar a mi hermano menor y una constante sensación de pérdida. Yo tenía 13 años. Si bien, estaba con mi familia, tenía pocas noticias de tantos seres queridos. No sabíamos del futuro inmediato, y era extraño cómo los demás sólo veían en nosotros la orfandad. A donde llegábamos, nos preguntaban cosas y era un siempre repetir lo sucedido. Fue la primera vez que sentí que había quedado algo atrás, en blanco. Además, se partía un siglo y un milenio. Mamá nos dijo: “Dios proveerá”, y así fue. Desde entonces, todo se partió en dos. Incluso mi hogar. Allí comenzó mi adolescencia. Dejé atrás la fuente de mi escritura y empecé a vivir la novedad que me trajo hasta acá”.

 vargas

Jósbel Carabollo Lobo, también respondió a nuestro cuestionario, para dar a conocer parte de su pensamiento literatura y sus impresiones sobre el mundo de la lectura:

  1. ¿Crees que tu escritura tiene alguna utilidad?

Quiero creer que es así. Hoy, vivimos un desgaste que cada escritor, cada artista, ha querido testimoniar desde su rincón. Exponemos nuestras presencias con la ambición de que otros las hagan suyas. Si ocurre esa simbiosis; si esto que nos expone, es capaz de despertar, de resurgir en los demás, entonces hay utilidad.

  1. ¿Qué razón te motiva a escribir?

Hay un dictado perenne que no sé apaciguar. Siendo un adolescente empecé a registrar mis frustraciones, mis fragilidades; y en algún instante, tuve la sensación de que esos primeros trazos podrían esbozar también las sensibilidades de otros. Luego el amor, la impotencia, el mar; a través de una voz que me fue concedida. De pronto, sea la sensación de que mis signos dejen de ser sólo míos, lo que me impulsa a volver.

  1. ¿Qué sientes al ponerle punto final a una obra?

Me preocupa, porque en cada nueva lectura, corrijo. No puedo estar conforme. Hace unos años leyendo a Roberto Mussapi, tomé para mí la lección de que un libro es en realidad un solo poema. Siempre estoy buscando ese poema. Mientras más leo, menos a gusto estoy con mis libros. Por eso no busco el punto final: sucede.

  1. ¿Cómo descubriste que serías escritor?

Tal vez ante la ocasión de leer un texto que acababa de escribir y percibir que aquello se desprendía de mí, y empezaba a tener vida propia.

  1. ¿Tienes alguna rutina a la hora de escribir?

No, quisiera tenerla. Aunque corrijo mucho, dudo mucho cuando produzco textos nuevos.

  1. ¿Qué te inspira?

Este país me inspira. Sus derrotas, sus desdichas. Mi novia saliendo a marchar entre miles de estudiantes. Saber que no hay diferencia entre nuestros desamparos y los de una patria que es cada vez menos. La impotencia. Ser un empleado que escribe códigos durante el día y da el uno por ciento más al final de la noche para leer un poema o una obra de teatro, me inspira para continuar, para anotar aquí o allá algún signo que me sea dictado.

  1. ¿Cuáles son escritores o libros que más te han influencia para escribir?

Dependiendo del interés en determinados tiempos. Yo hablaría de páginas. Hay textos de Juan Ramón Jiménez, Vicente Huidobro y Eugenio Montejo, que son ya necesidad. Cuando me atreví a escribir, llevaba siempre conmigo a Vicente Gerbasi y a Roberto Juarroz. Llegaron también Paz Castillo, Alberti, Kavafis, José Ángel Valente, Mussapi. Me han aleccionado, la exactitud de Ana María Del Re, la amplitud de Juan Manuel Roca, la cercanía de Andrés Eloy Blanco, el riesgo de Joaquín Sabina… Nombrar trae consigo lo incompleto. Puedo decir que en tiempos recientes me interesaron Miguel Florián, Olga Orozco, Humberto Díaz Casanueva… Los ensayos de Octavio Paz son insuperables.

  1. ¿Con cuál libro te iniciaste en el hábito lector?

Humor y Amor de Aquiles Nazoa.

  1. ¿Cuál es tu libro favorito y por qué?

No sé si tenga un libro favorito. Platero y Yo, posiblemente sea el libro al cual haya regresado más. El color de esa inocencia que es mi patria, y que reside con mucha intensidad en mi infancia, puede vislumbrarse impetuosamente desde allí. El Bhagavad-gita Tal Como Es, de A.C. Bhaktivedanta Swami Prabhupada es obligatorio desde hace unos años. No tengo otro asidero en mi búsqueda espiritual.

  1. ¿Cómo ves el panorama literario en Venezuela hoy día?

Me gusta saber que haya tanta gente escribiendo, aunque mis posibilidades de leer siquiera un porcentaje decente de ese cúmulo, no sean las mejores. Internet permite acceder a ciertos contenidos que amablemente colocan los autores, y esto hace que al menos lleguen las noticias y que algún sabor nos quede. Sé que hay riesgo, y es importante.

  1. ¿Qué libro le recomendarías leer a Dios?

Algo de Shakespeare, ¿Hamlet?

  1. ¿Qué libro le recomendarías al presidente de la república?

Los textos teatrales Ubú Rey, de Alfred Jarry o Un Enemigo del Pueblo, de Henrik Ibsen. Algunos quisieran que él leyera ¿Duerme Usted, Señor Presidente?

  1. ¿Quién es el escritor contemporáneo de Venezuela que recomendarías leer?

Me vienen a la mente la poesía de Santiago Acosta y el teatro de Oswaldo Maccio.

  1. ¿Qué libro no has podido terminar de leer?

Recientemente dejé por la mitad El Don del Águila de Carlos Castaneda. Sucedió que por no leer los libros previos no podía avanzar. Sin embargo, los conceptos que allí desarrolla son magníficos.

  1. ¿Tienes algún mensaje para los jóvenes que se inician el camino de escritura?

Que sean jóvenes. Y que vivan. Recientemente me preguntaba un amigo si estaba escribiendo. Le dije que poco. Me respondió: usted está viviendo, poeta.

  1. ¿Antes de morir, qué logro en literatura quisieras tener?

Que me hayan leído. Con sinceridad, sin complacencia.

  1. ¿Has tenido alguna experiencia erótica (excitación) con la lectura? ¿Qué libro?

Sí, absolutamente con El Amor En Los Tiempos del Cólera.

  1. ¿Qué opinión te merece el Movimiento Poético de Maracaibo?

El interés que tiene el Movimiento en inventar un epicentro para la poesía venezolana, con ese empeño de publicar, de mantener un festival; es el cariño más grande que se le hace a la literatura en nuestro país. Particularmente, me llena de mucho optimismo. La era digital ha maltratado mucho la cultura del libro, y sin embargo, vemos cómo el Movimiento se empeña en editar decenas, entre tanta crisis de papel, de lectores. No conforme con eso, veo que hay una irradiación, y eso alegra aún más. Ya estamos viendo al Movimiento en Caracas, en Miranda. Es encomiable, un verdadero ejemplo.

 nombre espiritual

Jósbel Caraballo Lobo (La Guaira, 1987).

Ingeniero de Sistemas (UNEXPO-LCM, 2010), poeta, actor. Participante de la II Edición del Taller Juegos Para Un Montaje Teatral (Taller Experimental de Teatro, 2012-2013), y del Taller Nacional de Teatro (Fundación Rajatabla, 2014-2015). Algunos de sus poemas fueron publicados en la revista Estelas, del Grupo Literario Nosotros, y en la antología Poetas de Vargas, Tomo I (Alcaldía del Municipio Vargas, 2008). Ganador del Primer Premio de Poesía Juan José Breca con el poemario En la hendidura (Grupo Literario Nosotros, 2011). Mantiene inéditos los libros: Zona en reclamación, Entre tu boca y la palabra, Mientras mayo te acaricie, A la sombra de las puertas, Febrero.           

Armando Rojas Guardia

Armando Rojas Guardia
(Caracas, Venezuela. 1949)

Armando Rojas GuardiaPoeta, ensayista, tallerista literario. Hijo del poeta caraqueño Pablo Rojas Guardia (1909-1978). Durante los primeros siete años de vida se residenció en Praga, Haití y Nicaragua como consecuencia de los cargos diplomáticos de su padre. En su juventud vivió en Bogotá, en Friburgo (Suiza) y en Solenriname (Nicaragua), con Ernesto Cardenal. Posteriormente su vida ha transcurrido entre Caracas- Méridayha estudiado con profusión la filosofía; ha pasado días de pasión y noches de insomnio donde procedió a la relectura estudiosa de textos fundamentales de San Juan de la Cruz, Santa Teresa, Góngora, Eliot, Blanchot, Bernanos, Deleuze, Barriles, Borges, Huxiey, Ritke, Joyce, Nietzsche, Maquiavelo, Kant, Pessoa, Faulkner, Kafka, Rimbaud, Milton, Blake, Sade, Jüng, Bataille, Pavese, Dante, Ricoeur, Camus, Lezama Lima, Octavio Paz, Cadenas. Su vocación como escritor se inició en su hogar y jugó un papel importante su participación en el Taller de Calicanto de Antonia Palacios, la cual se cimienta con su activa participación en la formación del Grupo Tráfico (1981). Ha desempeñado una amplia labor cultural y docente vinculada a la literatura, y es una de las voces fundamentales de la poesía venezolana contemporánea, así como un destacado ensayista.

Obra poéticaDel mismo amor ardiendo (1979); Yo que supe de la vieja herida (1985); Poemas de Quebrada de la Virgen (1985); Hacia la noche viva (1989); Antología poética (1993); La nada vigilante (1994); El esplendor y la espera (2000), Patria y otros poemas (2008); Mapa del desalojo (2014).


Selección de poemas

*
De Poemas de quebrada de la virgen

Aquí, en esta casa,
donde cada palabra, cada gesto
son sólo los dóciles ecos de luz
inmaculada,
inapelablemente última,
añoro para ella
(la cháchara mujeril de la poesía
con sus técnicos chismes de ocasión
tan fotogénicos –whiskey en mano-
sobre la página social
de algún Suplemento Literario)
le añoro, digo, algo de la casta
doncellez de la madera
recibiendo
la frugalidad silenciosa de una cena,
de la última cena
*
(A Miguel Márquez)

El sabor del agua después de gustar la picadura
holandesa de mi pipa.
El rojo asoleado del capó de un automóvil
donde canta la salud del siglo XX
La terca, muda, compacta verticalidad de la pared
-sacramento de la paciencia de las cosas
soportando, día tras día, el desorden de mi cuarto.
Los tristísimos ojos de Charles Baudelaire
-fotografiados ahí, sobre la mesa-
mendigos aún de la hermosura.
La silueta del gato visto anoche
jadeante y sigilosa como la luna de Edith Piaf.
La torpeza de aquel piano –tres apartamentos más abajo-
donde las manos de alguna pálida vecina ensayaban a Chopin
(bendito seas, Señor, en esta tarde cargada de misiles,
porque resuenan fragantes todavía la tos almidonada
y el frac y el malabar y la lavanda musical de Federico).
Aquel epicúreo rectángulo de sombra bajo el porche.
El color de la trinitaria en el crepúsculo
recordándome otra tarde en Nicaragua
en que bebí morado líquido (un jugo casual de pitahaya).
La risa de Miguel, para saber que existe el Paraíso
en la franja tropical de la memoria.
Haría falta también nombrar el cuento múltiple
de lo que me hace más sabio a su contacto:
el 3er, movimiento de la 9a. de Beethoven,
el cósmico juguete que son los dedos de Thelonius
tocando “Round Midnight”, un solo lentísimo de Parker
-por ejemplo, “Lover Man”- en la mañana
cuando el abrazo se demora, insiste, recomienza,
aquel poema de Ezra Pound, el que termina: “…la aurora entra en el cuarto,
con pasitos menudos,
como una dorada Pavlova…”,
ciertas páginas calientes de Lezama
en que huele a malecón, las olas rompen
e incluso el mar tiene un color de daikirí,
aquella última secuencia de la película de Chaplin
(la ex ciega y el mendigo se consuelan
de su imposible amor, con la mirada).
Enumeraría igualmente esos instantes
inocentes, su gloriosa mansedumbre
que no vistió, desde luego, a Salomón:
el momento más justo del acorde,
la simetría sedante del paisaje,
la esbeltez japonesa de la curva,
la gravidez sonora del volumen,
la santa promiscuidad de los colores:
me refiero a Tus poemas menudos dibujando
la infinita secuencia de la anécdota
que le cuenta a mi muerte Scherezada
en la penúltima, horrenda, bella noche.
 
*
(A Alberto Barrera)

No buscados, hoy amanecen
el pan sin el soporte de la mesa,
el agua regia sin el vaso,
el árbol sin las letras que lo escriben o pronuncian,
el pájaro puntual en la ciudad dormida.
La lluvia pisa la grama y resucita
vírgenes perfumes. La cal nueva
fulge en la pared del campanario
donde el domingo me convoca.
Ese trozo de musgo en el asfalto
me recuerda que el Mundo, subversivo,
derrota a la Historia finalmente. Y con él,
vence este día, cabal e impronunciado,
rendimiento en su fasto la basura
acumulada ayer sobre la acera.
Hay asueto en la entraña del silencio
y hasta las motocicletas braman hoy
en el vacío festivo, como un circo
de animales prehistóricos jugando
en la infancia silvestre del oído.
La calle de siempre es otra calle:
una estampa escrita por detrás
en la caligrafía primera de la luz.
No hay mariposas, pero en cambio
los ojos de aquel perro, bajo el porche,
agradecen, acuosos, el sol tibio.
Me miran ignorando su dulzura
en la extática plegaria del instinto.
¿Cómo cristalizó el mito de esta hora
en el ateísmo líquido del tiempo?
Alguien dibuja el día por nosotros.
Alguien me ama hoy, secretamente.
*
Así como a veces desearíamos
que Karl Marx y Arthur Rimbaud
se hubiesen conocido en una mesa
de algún Café de Londres,
mientras en el agua sorda del Támesis
-ahíta de grumos aceitosos
que flotan entre botellas y colillas
y ropa gris de gente ahogada-
espera el Barco Ebrio, ya sin anclas,
a que el fantasma que recorra Europa
suba también, para zarpar
(Karl, vestido con blue jeans marineros
se despide de Engels en el muelle
y Tahúr hace lo propio con Verlaine
-los sueños insolentes hasta ahora enfundados
en la gorra que usó él mismo en la Comuna);
así como, a estas alturas, quisiéramos
que Hegel, apeado del estrado de su cátedra,
hubiese visitado a Hölderlin un día
en su manicomio oculto de la torre
para escuchar cómo el demente
-sin reconocerlo tal vez en su delirio-
le habla de un viejo amigo de Tubinga
con quien, en mitad de una fiesta adolescente,
bailó una mañana, junto a un árbol
por ellos mismos levantado
(“Libertad”, lo llamarían)
tan fieros y felices como niños orinándose,
con el impudor de los puerros, frente al rey
(en la siesta monocorde del verano,
recordando novias suavísimas de Heidelberg,
los dos compañeros se confiesan:
la razón deben pedirle a la locura
su danza irreductible, la inocencia
con que el loco Hiperión, desde su torre,
enseña al profesor de la luz blanca,
la rosa de los vientos del Espíritu,
no termina en el Estado de los Césares,
se burla de las Prusias de los Káiseres);
así querría yo hoy que a William Blake
lo hubiesen dejado predicar un solo día
sobre el púlpito labrado de una iglesia
-la catedral de Westminster, por ejemplo-
en presencia de arzobispos y presbíteros
y de una multitud de feligreses
harta, como todas, de sermones.
Imagino el viento sagrado resonando,
por primera vez, junto a los mármoles,
mientras los cuerpos, desnudados por fin
como a la hora del agua o del amor,
se erizan con el paso del Dios vivo
y tiemblan ante el olor de Cristo el Tigre
devorando las ingles de las almas,
ahora tan intactas, tan ebrias y tan vírgenes
como la de aquel niño canoso viendo ángeles
a la hora en que arde Venus sobre Lambeth
y hasta las prostitutas de Soho profetizan.
 
*
Poemas I y II de “La nada vigilante”

Espero al poema
Como aguardo el placer al inicio de la cópula,
Lentísimo fértil
Espero al poema atisbando su llegada
en el ápice mismo donde cruje
y levanta las alas.
Espero al poema adviniéndome,
pulsándome desde el vacío mental,
demorándose bajo la red de mis nervios
inmóviles como la página blanca
que me arde en los labios.
Espero el poema, su olor difícil
en la pulpa del deseo,
su ráfaga entre las grietas de la atención,
su pausa virgen que la letra goza.
Espero al poema con los ojos de mi madre,
ávidos desde la muerte.
 
*
El poema imposible
me desgasta de antemano.
Deletreo sus sílabas sin saberlas,
dispuesto sólo a un aire diáfano
moviéndose en mi boca para nadie.
Tanteándome roto de palabras
voy dejando que crezca en mi costado
un florecimiento de mudez
donde rebrille la atención inmóvil.
Está hueca la voz
como un nombre de cadáver
pudriéndose en el centro de la página.
Pero me acostumbro al jadeo
a la ronca lisura.
Nada hay detrás del pensamiento,
nada en estas metáforas,
apenas la exacta vigilia
para otear cómo brota inalcanzable
el cactus del poema.
 
*
Debería ser
no digo ya mi esposa fiel,
pero sí mi amante,
por lo menos;
sin embargo,
lo confieso – es hora
de que se sepan
estas irregulares relaciones
para evitar un escándalo más tarde-
es imposible conquistarla,
me traiciona:
se va por temporadas,
luego vuelve
cuando quiere,
no cuando la llamo,
cuando le grito, la busco
o le hago señas;
la sorprendo con otros
cuando la creía más mía
y lo peor es
que a veces
luce mejor con ellos
que conmigo;
en ocasiones la maltrato,
la castigo , la golpeo,
para que me deje poseerla
o si no,
me maltrato yo mismo
en su presencia,
me someto a autocastigo,
a disciplina,
para ver si se conmueve
pero nada;
a ciertas horas, como ésta
es casi fácil seducirla
y es muy intenso el goce,
la redondez brillante del abrazo;
también es fácil perdonarla
entonces
por la vida que me hace llevar
al lado suyo:
pero no tardará en irse
de nuevo,
la conozco.