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"Memorias de un ser alado" el más reciente poemario de El Gran Masturbador

Memorias de un ser alado . Portada

Roberto Morán (Maracaibo, 1990) presentará su nuevo poemario “Memorias del ser alado” en el marco de la II Semana Zuliana de la Narrativa, el miércoles 17 de junio, en el Museo Municipal de Artes Gráficas “Luis Chacón”, en la Planta Baja de la Alcaldía de Maracaibo.

Dejamos una selección de poemas para que puedas conocer parte de este nuevo libro.


Jofiel
Las alas se deshacen en el barro
Cada tristeza se adhiere  a mis ojos como el cadáver de un sueño
Una boca me consuela de cerca pero no logro verla
Solo está en el recuerdo más profundo de un silencio tortuoso
Esta ciudad se ha incendiado junto al corazón más puro dentro de mi boca
Una palabra que resquebraja cada mirada de una niña vestida de blanco
Grita auxilio en el rincón de su alma
Un alma inquieta que baila al lado de mil ángeles
Mil ángeles incapaces de despegar sus manos del suelo
Infértil y cobrizo
Desierto como el alma que me habita.


 

No me mires así, por momentos tus lágrimas brotan de mis cavidades, te absorbo desde la boca de mis ojos, ahí estas y yo frente a ti, no me muevo, vuelo encadenado a la tierra que me vio nacer y cada noche me asesina, es mi vocación, la de un moridor vicioso que se cree digno de hablar de amor, de darle significados a una caricia que nace y muere como un rayo de sol en medio de una madrugada fría y de lluvia.

No me mires así, pero no dejes de mirarme

¿Cuánto puede amar tu corazón? ¿Cuánto pueden llorar tus ojos? ¿Cuánto puede dejar de gritar tu boca? ¿Qué libertad encarcela tus pensamientos en la desesperación de mi mirada? ¿Qué carrera corren tus labios cuando se alejan de mis manos? ¿Soy alguien? ¿Somos alguien? ¿Quién eres? ¿Quién soy? ¿A quién le hablo? ¿Dónde estoy? ¿En qué esquina del invierno se abrigan las palabras que se caen de mis dedos rebordeando tus labios? ¿Cuántas mariposas revolotean en tu mirada?

Caigo de una estrella fugaz abrazado a un momento, un instante, me siento un alma en proceso de descomposición, así me purifico, el pecado se trasmuta en virtud y yo me refugio en tus brazos durmiendo el sueño imposible que me sueñas cada noche, un dios a la izquierda, un beso en una frente de porcelana manchada.

No pido imposibles porque soy la imposibilidad. Solo quiero comerme un abrazo, una mirada, un silencio compartido en una cama de estrellas abandonada en el medio del mar.


 

“Everyman’s an angel!”
Allen Ginsberg.

 
 

Asistí a los funerales de todos los que pisaron esta estrella, llore todas las penas de los que murieron con los ojos cerrados, ojos encadenados a un alma totalmente ciega, vi como las moscas se comían su divinidad desperdiciada, se la chupaban en las tripas, el mundo es un corazón de cristal, he sido testigo de esto, y hoy es el eco de mi voz el que grita “hemos muerto, y seguiremos muertos, Dios nos ha matado por mentirosos” y hace vibrar vidrieras de un más acá no tan perfecto, rayos tornasoles se filtran y se quiebran, en el reflejo una mirada se pierde y grita “estamos condenados a recordar que hemos sido olvidados” , pero lo olvidamos, olvidamos las voces de colores, rojos, rojos, rojos, que gritan desde los labios de un demonio vestido de blanco y que llora o suplica o reza arrodillado en posición de copulación oral, una galaxia ésta esperando un nombre y brota de la leche de tu pecho, miles de estrellas se forman con los granos de un nuevo sueño dorado que nace de tus manos y se eleva, se eleva hasta las esferas donde el llanto de un nuevo hombre rompe ese corazón de cristal, un corazón que deja de ser mundo y se vuelve un corazón, un corazón con cloacas, un corazón que hace mover las vísceras, un corazón de concreto que es capaz de hospedar vidas, un corazón lleno de savia, un corazón desnudo, un corazón con las tetas al aire, libre, un corazón que vuela, un corazón convertido en un animal de bajos instintos y por tanto es un corazón puro, un corazón que ama con el dolor de cada sístole y odia con la liberación de cada diástole y ya no somos humanos, no somos hombres, nos convertimos en seres de sangre, solo sangre, sangre que ilumina cada rincón de las callejuelas como la luz al final de un camino, un camino en donde follamos como una sola entidad, como una masturbación cósmica al volvernos un mismo ser, no tenemos sexo, no tenemos definición, no tenemos un nombre si no unos tantos y otros miles, y de cada nombre brotan lágrimas de diferentes colores, un infinito coloreado del que renacen cantos celestiales de trompetas y arpas, y somos nuevos, nos sentimos nuevos, recién salidos del barro o de la mierda, como el suspiro de un orgasmo de deidades, como una gota de semen de dios recién masturbado viendo a su hijo clavado en un madero – todo un símbolo del amor más puro – un amor verde, un amor que no tiene límite, un amor que no expira cuando choca contra una pared de fuego violeta y concreto encontrando un nuevo amanecer a través de una ventana con los cristales quebrados.


 
Fotografía: Esther Luzardo Ebrat
Fotografía: Esther Luzardo Ebrat

Roberto Morán Morán. Alías: El Gran Masturbador. (Maracaibo, 1990)
Fotógrafo, payaso, artista plástico, poeta. Es egresado de la Escuela de Arte Julio Arraga. Estudió Diseño Gráfico en la Universidad Rafael Belloso Chacín. Ha realizado varias exposiciones individuales y colectivas de pintura y fotografía en la ciudad de Maracaibo y en otras ciudades del país. Como artista escénico y payaso ha recorrido el país junto a la agrupación FUNSIONARTE, bajo la dirección del pintor y actor Robert Arcaya.  Participó en el segundo número de la Sesión de Nuevas Voces, proyecto de Antología de la Nueva Poesía venezolana del Movimiento Poético de Maracaibo. Publicó en 2012 el poemario“No lo quise escribir” con la Editorial El Perro y la Rana, que incluye un epílogo de Luis Perozo Cervantes. En 2014, en coautoría con Estefanía Giorio, publica el poemario“América” en la Colección Volante de Ediciones del Movimiento. Su tercer poemarioMemorias de un ser alado (2015) también es publicado por Ediciones del Movimiento.

"Destellos y mala conciencia" sobre A la sombra de los destellos de Mario Amengual, por Alberto Amengual

A la sombra de los destellos Portada - copia

“Ajedrez misterioso la poesía, cuyo tablero y cuyas piezas

cambian como en sueño y sobre el cual me inclinaré después

de haber muerto”.

 (Jorge Luis Borges,  El Otro el mismo).

Veo el tablero y las piezas colocadas frente a mí: es un libro de poesía titulado A la sombra de los destellos, recientemente publicado por mi hermano Mario (Maracaibo, Colección Puerto de Escala, 2015) y yo, que he seguido su trayectoria literaria desde el comienzo, siento la urgente necesidad de escribir unas palabras, de reafirmar un acercamiento que, aunque signado por lazos de sangre, vaya más allá de un complaciente compromiso familiar. No es una concesión, es mi deber como hombre de letras que siente y padece la mala hora de este país, y que admira los caminos con corazón que este poeta transita desde hace casi un cuarto de siglo (La arboleda deslumbrante, 1991; El tiempo de las apariencias, 2000; El pozo de la historia/Los extranjeros, 2001; El pozo de la historia, 2007; El cantante asesinado, 2009; La fiesta de La Democracia, 2011; El abismo de los cocuyos, 2013).

Cuando hago un recorrido memorioso por esta obra que abarca la poesía, la prosa poética y la novela, viene de inmediato a mi memoria la última frase del discurso que pronunciara el poeta Saint John Perse al momento de recibir el Premio Nóbel: “Y ya es bastante para el poeta ser la mala conciencia de su tiempo”. ¡Con cuánta perseverancia y vehemencia sufrida Mario Amengual ha hecho suyas estas palabras! Con impredecible fortuna ha sido constante en sus designios, tiene conciencia plena de sus vivencias y asume los riesgos del compromiso:

Si otros han destrozado su alma por el lucro,

si no se reconoce otro mérito que la apariencia triunfadora

y las marcas que ratifican el poder,

ese pasto que necesita la opinión de los demás,

¿cómo pedirle a quien brega con las palabras y suele

acogerse al silencio, que sume ladrillos al brocal de las apariencias?

   (Consideraciones a contrapelo, El tiempo de las apariencias)

Contradicción aparente en estas palabras del poeta, porque Mario brega sin cesar con las palabras pero jamás se ha acogido al silencio, a lo cual podría responderme como el gran Walt Whitman: Me contradigo y qué, soy amplio y contengo muchedumbres.

Cuando se labra el lenguaje en el terreno de la poesía, no es dable esperar mucho de los frutos; por lo menos no hay un tiempo fijado para su recolección. Mario lo sabe y espera, aunque a veces sus textos dejen traslucir un furor que puede parecer impaciencia:

Pronuncian sus arrogancias

en tono de victorias bélicas,

confiados en que sus palabras emocionantes

ocultarán su vocación de verdugos.

Furor comprensible si nos atenemos a la oscura realidad que nos ha tocado vivir, pero no impaciencia porque el poeta sabe, lo ha vivido en carne propia,  que el poder de la palabra es inconmensurable y su poder transformador infinito. Aunque nos rodeen la mediocridad y una moral depauperada, el poder transmutador del lenguaje, y en especial el lenguaje poético, jamás perderá su vigencia porque en la cambiante historia de la humanidad siempre hay ciclos donde el espíritu, y con él el lenguaje, ocupan lugar de preeminencia y el individuo y la sociedad viven tiempos de esclarecimiento, lucidez y justicia. Podemos afirmar entonces, sin  temor a faltar a la verdad, que la vida poética de Mario ha transcurrido entre las sombras y una luz precaria y breve, entre “el abismo de los cocuyos” y “a la sombra de los destellos”. No puede ser de otra manera, en esa dualidad natural de la luz y la sombra oscilamos, y el poeta, hombre siempre vigilante, atento y observador, capta las señales de la verdadera realidad hasta en los hechos más pequeños y poco llamativos de la realidad ordinaria. Y mucho más en los tiempos que corren, tiempo de sombras casi permanentes en el cual la luz se filtra a través de unos pocos individuos, esos que como Mario se han propuesto ser la mala conciencia de su tiempo, a pesar de los nefastos augurios que se ciernen en nuestro horizonte vital:

Esta otra mañana de infames noticias,

 tráfago mercantil y discursos patrioteros,

 la exalta una niña

 que, tomada de la mano de su abuela

 y a cuyas rodillas apenas llega,

 lleva en su otra mano

 una flor de cayena como una ofrenda.

Por eso no hay que desesperar del presente, porque el poeta está allí observando y de pronto, con el poder de su lenguaje, transforma una realidad deleznable en un destello que anula las sombras: lo que realmente vale la pena ver es a una niña con una flor de cayena en la mano como una ofrenda.

Dice Jacob Burckhardt en  sus Reflexiones sobre la Historia Universal (1905): “El individuo contemporáneo suele sentirse totalmente impotente ante tales poderes históricos; por regla general se pone al servicio de la fuerza atacante o de la fuerza que opone resistencia. Son pocos los individuos de la época que logran encontrar el punto de Arquímedes al margen de los acontecimientos y consiguen “superar espiritualmente” las cosas que les rodean (…) Tal vez esos pocos individuos no sean capaces de sustraerse a un cierto sentimiento elegíaco ante la necesidad de dejar que otros sirvan mientras ellos se abstienen. Tiene que pasar algún tiempo para que el espíritu pueda planear con absoluta libertad por sobre tales acontecimientos”. La cita viene al caso porque un poeta como Mario no se abstiene, lucha con la palabra, la moldea según sus necesidades vitales y nos va llevando por su camino con corazón a lugares sin tiempo, a encuentros y desencuentros con la realidad ordinaria, a valores como la amistad y la solidaridad; en fin, nos va llevando a esa realidad donde Yo es Otro y “si el cobre resulta clarín no será suya la culpa” (Rimbaud). De allí que, según sus palabras:

Tanta gente hundida

en los agobiantes problemas domésticos

o del trabajo

(o caídos en el abismo asfixiante del desempleo),

no ve

(¿cómo puede ver?)

el círculo del cielo que nos ensalza.

Fiel al texto de Burckhardt, asumo que el espíritu de Mario, en A la sombra de los destellos, planea con absoluta libertad sobre nuestra menoscabada realidad actual.

Por momentos, pareciera que el poeta se torna pesimista, aunque quizá esté hablando de otros:

Aún no es tiempo

para la palabra inconforme:

le sobran espinas y le falta delicadeza.

No coincide con el canto de los gallos

y se ahoga en el ámbito de los pactos.

¿Se referirá acaso a tanta gente que ahora vive del pacto taimado y la promesa incumplida? ¿A gente cuya conducta no vale mencionar aquí? Si es así, el poeta hace lo correcto, los pactadores de oficio no tienen cabida en este ámbito y, fiel a sus principios, cumple con denunciarlos y de paso, los envía al título de uno de sus libros: El pozo de la historia.

Quisiera decir muchas otras cosas sobre este libro de mi hermano, pero prefiero que sean otros lectores quienes hagan tantos descubrimientos como los he hecho yo y que se atrevan, después de leerlo, a seguir sus “caminos con corazón” y se sumen al grupo de quienes quieran ser “la mala conciencia de su tiempo”.

Ya para finalizar debo decir que el último poema de A la sombra de los destellos está dedicado a mí y que, aunque las imágenes allí expresadas me conmovieron en lo más hondo, no lo voy a comentar. La razón es una sola: como producto de nuestro profundo amor fraternal es una historia que sólo a nosotros concierne. Si peco de egoísta sólo me queda esperar la dispensa y la comprensión del lector.

 Alberto Amengual