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Harry Almela

Harry Almela
(Caracas, Venezuela. 1953)

Harry Almela

Poeta, narrador, ensayista, promotor cultural. Licenciado en Educación, mención literatura, de la Universidad de Carabobo. Realizó cursos de postgrado sobre Literatura Latinoamericana Contemporánea en la Universidad Simón Bolívar (Caracas), sobre Lengua y Literatura Española (Madrid) y en Técnicas Editoriales en la Universidad de Barcelona (España). En el año 1983 funda la Coordinación de Literatura de la Secretaría Sectorial de Cultura del Estado Aragua y estuvo al frente de la misma durante el periodo 1983-1991. Actualmente es el Secretario Ejecutivo de la editorial La Liebre Libre, donde realiza una fructífera labor en materia de edición y publicaciones. Su obra literaria ha recibido diversos reconocimientos, entre ellos, el Premio Bienal de Poesí­a “Francisco Lazo Martí­” (1989), Premio Bienal de Literatura del Ateneo de El Tigre y diario “Antorcha” (narrativa, 1990), Premio 46º Concurso de Cuentos del diario “El Nacional” (Caracas, 1991), Premio Bienal de Literatura “José Rafael Pocaterra” (poesí­a, 1994), Premio Bienal de Literatura “Miguel Ramón Utrera” (ensayo, 1995), Mención de Honor en la Bienal Internacional de Literatura “José Rafael Pocaterra” (poesí­a,1998), Premio Bienal de Guayana (ensayo, 1999), Bienal de Poesía Abraham Salloum Bitar (2014).

Obra poética: Poemas (1983); Cantigas (1990); Muro en lo blanco (1991); Fértil miseria (1992); Frágil en el alba (1993); Una casa entre los ojos (ensayo, 1994); El terco amor (1996); Como si fuera una espiga (narrativa, 1998); Los trabajos y las noches (1998); Palabra o indigencia (2000).


Selección de poemas
*
CARTA DE INTENCIÓN:
“No me salves de nada, poesía.
Abandóname desnudo a la intemperie.
No me concedas claridad. No me interrogues.
Voy sobre la cuerda inestalble de mi equilibrio
y estoy al tanto de lo que me espera.
Niégame página en blanco donde puedan retozar
los tibios conejos de mi infancia.
No me aturdas cuando llegue la noche.
Quiero vivir en paz en esta selva húmeda
sin claros ni caminos.
No me consueles cuando vengo de regreso,
ocúltame palabras para decir hastío.
Permíteme vivir mi carne como si fuera mía
y déjame ser el ángel caído de mi cielo.
Sé de los lugares donde enseñas
a pisar las uvas de la ausencia.
Conozco la sílaba informe de mi tiempo.
Concédeme ser la sed en mi diluvio.”
*
Pertenencia
Hojeo un atlas
para descubrir
la forma de Birmania.
Más tarde
salen a mi encuentro
esas líneas que tanto
nos inquietan: la palabra
no es el sitio del resplandor
En la montaña frente a mi pueblo
a esta hora
la noche también existe
y un pájaro celaje la contempla.
El sueño me seduce
mirándote en las fotografías.
Acaricio formas de la ausencia,
esa otra manera tuya de poseerme.
*
Te amo
sólo por ventana.
Estoy asomado esta tarde
a un olor que ya no existe.
Tu patio sin mí
es sólo tierra
una sed transeúnte
un anillo sin dedo.
¿Qué puede una ventana
sin una infancia que la mire?

Ricardo Yañez

Ricardo Yáñez
(México- Guadalajara. 1948)

Poeta, periodista, docente y promotor cultural. Ha dirigido talleres de poesía, de escritura periodística y de sensibilización a la creatividad alrededor de todo México. Ha sido docente universitario y profesor de secundaria. Pertenece al Sistema Nacional de Creadores de Arte, del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de México. Estudió Letras en la Universidad de Guadalajara y en la Universidad Autónoma de México (UNAM).

Obra poética: Divertimiento (1971); Escritura sumaria, (1977); Ni lo que digo (1985); Dejar de ser (1994); Prosaísmos (1995); Antes del habla (1995); Si la llama (2000); De rendimiento (2000); Estrella oída (2002); Una vez, una vida (2011).


Selección de poemas

*
El corazón es músico, se sabe,
y calladito dice lo que dice:
Yo nunca quise amar, pero te quise,
va diciendo y lo dice en modo grave.
Dice también que dónde está la llave
del habla que te hablaba, que qué le hice,
y me pide o me obliga a que te avise
que aún te sigue amando, en lo que cabe.
Enceguecido pájaro o estrella
que nada mira pues su luz la ciega,
mi corazón me exige, no, me ruega
recordar una tarde, aquélla, aquélla
en la que todo dijo tan callado
que se supo por fin si fin amado.

*
Si me emborracho pienso en ti.
Si me viene el amor a las palabras, a los ojos, al llanto,
a los cigarros alas, al tequila sauza,
¿en quién voy a pensar?
Hay un Ricardo Yáñez que me pega, que todo el día
me pega,
y hay un Ricardo Yáñez que te ama. Ése es el bueno.

*
SU CORAZÓN es una música
que todavía no aprendo
y es su mirar la claridad
en la que soy sin miedo
Llegó como una lluvia
no sé cuándo se vaya
huele como al laurel
después de la batalla
De entre sus brazos salgo
como el pájaro al cielo desde el árbol
nunca he sido mejor que cuando oigo
mi nombre de sus labios
Un día dejará de quererme
un día como todos moriré
mientras eso sucede véanme

*
UNA MUJER a la que podría haber amado está llena de mí,
más llena que del sol
que le pone los labios como si fueran míos,
más aún que de esa su propia sonrisa cuando
por segunda y efímera y quizá última vez nos vemos al pasar.
Una mujer a la que no conozco y a la que sin embargo he conocido ya
me ha dicho, sin decirlo, sin para qué decirlo,
que me ama.

*
Te FUISTE y de tus ojos sonreidores
un halo me quedó que ando expresando
sin saber ni por qué ni cómo o cuándo
ni menos para qué. De los sudores
aquéllos me olvidé, que los amores
como llegan se van, mas los dulzores
de tu mirada ciertamente vasta
todavía me iluminan. Y devasta
saber que sólo queda esta saudade,
esta ausencia de mí que mi yo invade
cuando pienso en tus ojos y los canto.
Pudiera convertirme en sólo llanto
de no ser que detiéneme el encanto
de tu mirar perdido. Cuán persuade.

*
TODO POR NO escribir cuando se debe,
por dejar para después lo que es ahora.
Ahora ya no sé qué decía sobre las f lores de Rumania,
ahora ya no sé lo que sentía
el día, la tarde
de ayer. Una bella tarde, llena de f lores
que se fueron. Todo por no escribir.

*
MI ABUELA se llamaba María Félix, pero se hacía llamar Felisa.
Licha le decíamos.
Vendía cacahuates ya de vieja
y mantenía a mi tío Toño, que murió de cirrosis.
Nunca la vi llorar, y eso que perdió a su marido en la Cristiada,
aunque él no era cristero,
sino que como tenía nueve hijos (mi madre la mayor, de nueve años)
y todos tenían hambre, mucha hambre, pues dijo sí, pero me dan arroz,
y a los tres días de andar de lleva y trae —es que era arriero—
le aplicaron, en Ayo, la ley fuga,
y luego le pasaron los caballos encima.
Muy sonriente mi abuela, con sus brazotes fuertes,
su pelo, que nunca llegó a ser del todo cano, casi siempre suelto,
marcando el borde del escote de la blusa bordada,
y aquellas faldas como de soldadera.
Muy sonriente mi abuela, cantarina,
no como mi mamá, que sabía lo que hacía cuando cantaba,
sino como ella sola, por su gusto, porque sí, ¿verdá, m’ijo?
Por ella se llamó Félix mi tío Félix, que luego, con el tiempo,
se volvió loco,
como, me dicen, también el tío Rafail,
que terminó juntando en un botecito
los clavos que escupía y le salían de adentro.
A mi mamá se la dieron a los Lepe
cuando murió mi abuelo, para que no anduviera recogiendo
rabitos de caña
en el basurero (doña Angelina siempre fue muy buena, nos decía,
y todavía los cuates, sus hijos, nos llegaron a llevar
unos baldezotes colmados de naranjas).
La tía Francisca se casó con Chuy, un grandulón que se la pasaba
en Estados Unidos
y al que una vez vi abriendo un veliz azul marino
en el que traía el regalo de siete pantaletas de diversos colores
con las palabras Lunes, Martes, Miércoles, caligrafiadas en hilo de seda.
Falta mi tía María (los otros no llegaron a lograrse),
que tuvo 21 hijos y le viven 18. Hace ya mucho no la veo.
Cuidaba un terrenito allá en Coyula, camino a Tonalá.
Un día al mediodía la encontré,
chaparrita y prietita como es, con su vestido rosa rosa de raso y tul
sentada en la banqueta de una esquina,
sus ojitos redondos, divertidos, revolcados,
y los tacones blancos botados en el pavimento.
Vieras que cansada estoy, dijo, y extendió su sonrisa
y echó luego a reír, ayúdame a parar, no seas malito…
María Félix, les decía, se llamaba mi abuela, mamá Licha,
que siempre que llegaba de donde anduviera,
porque andaba en Degollado, en Arandas, en Tiripitío,
llegaba con dos barras de alfajor de seguro mercadas en la Central.
Llagaba para entonces con Zenón, el federal, un flaco bigotudo,
botudo y sombrerudo,
que Dios sabe que se hizo,
y se iban los dos a los dos días. Mi madre era sufrida, aunque hasta eso
alegre, pero mi abuela era luchona
y nunca se enojaba.
Veía pasar una parvada en el verano
y otra
o veía venirse una tormenta
y ella como si nada, o mejor, como si toda cosa que pasara
le hubiera sido dada desde siempre.